La grandeza de Dios

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Nos impresionan profundamente los recursos ilimitados del Dios de la Biblia. Nunca hace nada en pequeña escala. Al hacer un océano, lo hace tan profundo que ningún hombre puede sondearlo. Las montañas las hace tan grandes y altas que nadie puede medirlas ni pesarlas. Esparce millones de flores hasta en lugares donde sólo Él puede admirarlas. Al manifestar su misericordia no hay pared, piso, o techo que pueda impedir que así sea.
La salvación la derrama como un río. Cuando Dios se dispone a hacer algo por nosotros lo hace en tal abundancia prodigiosa impulsada por el amor, que deja estupefactos a los que consideran las cosas con las medidas calculadoras de la tierra.
Cualquier bendición que haya en nuestra copa, de seguro la hará rebosar. Con Él, el becerro siempre es el gordo, el vestido es el mejor, el gozo es inefable, la paz sobrepasa todo entendimiento, la gracia es tan abundante que el que la recibe tiene en todas las cosas todo lo suficiente y abunda para toda buena obra.
No hay mezquindad en la benevolencia de Dios. Él no mide su bondad como el farmacéutico cuenta sus gotas. La manera de Dios siempre se caracteriza por prodigalidad multitudinaria y rebosante como la de la naturaleza, que es tan profusa en belleza y en vida que cada gota del océano, cada centímetro cuadrado del claro del bosque, cada molécula de agua, rebosa de maravillas, resistiendo el estudio y la investigación del hombre.
Muy bien podemos decir como el apóstol: “Todo lo he recibido, y tengo abundancia.” Filipenses 4:18

Tomado de: Manantiales en el Desierto

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